Columnas de Opinión

“Las cosas claras y el chocolate espeso”, por Cristián Labbé

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Cada vez sorprende menos la candidez -rayana en la bobería- con que se repiten, sin mayor reflexión, las informaciones que “desembuchan” los medios de comunicación -mayoritariamente progresistas-, y asombra más la naturalidad con que, ante cualquier comentario o necesidad de definirse, se opta por lo “políticamente correcto”.

Claramente los vientos que soplan pareciera que no están para darle muchas vueltas al acontecer político, y menos para pasar malos ratos defendiendo posiciones cada vez más irreconciliables… “está bien que el gobierno celebre el triunfo del No;  obvio que la democracia se recuperó con papel y lápiz; de haber sabido, habría votado No…”.

En los tiempos que corren apuntar las cosas por su nombre, sin medias verdades, con palabras directas, claras y honestas, así como tener opinión propia y decirle “al pan pan y al vino vino” es, para muchos, si no un descriterio, al menos una falta de tino y una imprudencia.

Como algunos de mis devotos feligreses me miraban con cara de desconcierto cuando comentaba lo anterior, me vi forzado a emplear toda mi artillería argumental… “¿cuántos de ustedes han valorado lo que significa el triunfo, no solo para Trump sino para el derecho, el que Kavanaugh haya ganado la nominación para la Corte Suprema de Estados Unidos?… ¡Mutis por el foro!

Aprovechando el silencio volví a la carga… “¿cuántos se han comprado el cuento de que Bolsonaro no es más que un fascista de extrema derecha y que no tiene ningún destino?”.

Después de un largo razonamiento fuimos afinando conclusiones tan importantes como el que la nominación de Kavanaugh representaba: el triunfo del estado de derecho;, la validez y el valor del debido proceso; el acatamiento a la presunción de inocencia, y; que el peso de la prueba sea lo suficientemente contundente al momento de fallar y no un mero decir… Todo esto ni más ni menos que en el corazón de occidente, en el país baluarte de las libertades individuales, sociales y económicas.

En el asunto de las elecciones presidenciales de Brasil, con más de doscientos millones de habitantes y primera economía de américa latina, fue quedando claro que los electores habían resuelto barrer con la corrupción, el desgobierno, la inseguridad y los “arreglines” políticos…  Tal como dijo un elector… “puede no ser el mejor fertilizante para nuestra realidad, pero es el mejor pesticida para eliminar la peste que nos afecta…”.

Coincidimos en que ambos casos eran una descomunal derrota para la izquierda. El país del Tío Sam nos confirmó la urgente necesidad de fortalecer los principios jurídicos y del derecho -pilares base de una sociedad justa y libre-, y nos demostró que sí se puede ir en contra del establishment, las redes sociales y la mofa, cuando se tiene la fuerza de la razón.  En el caso de país del rey Pelé también ha quedado demostrado que de nada sirven los estigmas, las pullas y los sarcasmos, cuando se comprueba que la izquierda sólo sirve para administrar el fracaso, el odio y la descomposición.

Por último, coincidimos en que ambas experiencias eran una gran oportunidad para pensar en nuestra realidad, donde la izquierda (y algunos complacientes sectores políticos) han venido alterando con el tiempo el estado de derecho y la sana convivencia, para su propio beneficio y para poder sojuzgar a quienes no piensan como ellos…  “Está más que claro -remató uno de los presentes- hay que tener las cosas claras…”.

Cristián Labbé Galilea